Sunday, July 31, 2005

La buena fortuna en el vaso de colores


Técnica mixta sobre cartón. 2X3 metros.

Friday, July 22, 2005

ESPIRAL

Construí el mundo
con calles y caminos de piedra,
cielos púrpura para hacer el amor pagando,
pianos para los genios y camas heladas para los difuntos;
lunas de miel.

Callejones sin salida bajo un sol devastador
y hemisferios helados donde se congelan los hábitos humanos.
Arrojé mil semillas,
un pan para cada día y trabajo para el hombre.

Sepan que mi mano siniestra les da la paz y la guerra
reconózcanme sobrenatural
soy pasado, presente y futuro
soy yo el único todo
y todo es mío, hasta tu tristeza.

Las Chicas del Focus Group

Chillan hablando del sobrepeso.
Gordas, gordazas están de tanto tragar.
En vano hablan de gimnasio e historias de vacas que bajaron 20 kilos con tal o cual método.
En vano van a hacer el focus group,
darse valor y valorar su existencia supone imprescindible talla 28.

Un saludo para todas las señoras de mi barrio,
mi madre y todas sus hermanas,
poesía para el día de su muerte,
cuando el corazón no pueda más...
oh, señoras
celebraré los desechos humanos
celebraré que paren de hablar,
celebrare el primer minuto de silencio.

MATAR



Una criatura avanza sobre su caballo de dos ruedas. Una mujer para el tránsito con su mano bicolor, surca la calle montando amarillo, ecuestre. Una criatura experimenta el poder mirando un metro mas alto que los demás.
Ecuestre, ecuestre surca la casi noche, separa las calles y les da nombre (se llama izquierda, se llama derecha). Arriba está Dios y es tan blanco como no ver. Abajo está el Diablo y es tan rojo como cerrar los ojos en un día con sol, una membrana magenta de origen sexual. La selva, con sus “uh, uh” y sus “ah, ha”. Los hombres danzantes, más chupando en tabernas que matando charapas en la orilla de los ríos. Humanos civilizados del siglo XXI (Pucalpa Enero 2004).
Para envolver a sus hombres nos quitamos la ropa (orgías barrocas) y volvemos al Eden (Av. Paseo de la Republica), nos reconocemos iguales (qué torpeza). Nos encerraran por locos, pero nadie nos quitara lo bailado. Así que tendremos que pagar con todo este dinero y ...mmm es nuevo. Las monedas son más brillantes que los aretes del inca y ...mmm me libera. Con él tejo mis alas y vuelo a la luna, y caigo al río. Un submarino de oro salva mi vida. Nadie ha pagado por ver mi cadáver, pago en efectivo. Tengo mucho poder, siento mucho placer en revelarte mi nombre. Soy la misma persona que juró matarte.


GRIS

Un bebe andino de dimensiones descomunales se pierde en la neblina, el gris devora sus cachetes rosados, serranos. El gris lo devora todo. En tanto gris se pierde el camino para llegar a casa. Y respiro gris para tener gris el cerebro, para escribir en blanco y negro; gris mi ortografía, gris mi cabello gris, gris mi piel y no marrón, gris el hombre del espacio que sobre mí provoca una nube gris capaz de revestir el mundo de azul traslucido, un color muy parecido al gris.

Sunday, July 10, 2005

ELLOS

Ellos no son precisamente la escalera de caracol para a subir al cielo,
no son papá el día de tu cumpleaños
ni la casa de playa donde hiciste el amor por primera vez.

Ellos te van a patear cuando estés a punto de tocar la puerta,
ellos tienen la llave de todas las casas de playa;
son los regalos de pitufo Bromista,
hábiles para la risa.

Ellos tienen una parte blanda y una parte dura.
Expondrán la blanda a todos los golpes del mundo
y te dejarán la dura sin esperar tu orgasmo.

Ellos se pelean entre sí, pero no es por ti.

Van a cubrir el mundo con celofán.
Yo voy a regalarte mi corazón. Me estorba.

Jóvenes Anécdotas

I
Seguro que soy una mal agradecida. Todo porque soy débil de corazón y mi cuerpo quiere precisamente las cosas que mi mente pretende evitar. Pero Dios sabe que mis intenciones son buenas, son las más puras del mundo. Lástima que mis deseos, casi siempre, fuercen las cosas hasta el punto de ...no sé... ¿desfigurar mi hermosa cara para mostrar las garras, los colmillos o, en el mejor de los casos, pagar todas las chelas? Al fin de cuentas, todo el mundo sabe que consigo lo que quiero, y si no lo consigo, lo invento, que es casi lo mismo. El momento preciso para atacar al enemigo está al final de la noche, al final de una frase, al final de mis extremidades; mi tacto tocando lo que quiero y, como una varita mágica, te convierto en mi príncipe azul. Cuando el clima cambia y me pone triste me vasta con soltar unas cuantas lágrimas en la soledad de la noche, escuchando un disco de Le Mans para recobrar las fuerzas y recordar que merece la pena oír el disco en espera de la última canción. La última canción, que justamente te recuerda que los hombres son una gran patada en el culo cuando no están babeando por un par de tetas. Son una dulce patada en culo y una sonrisa y un abrazo y una manoseada y un éxtasis profundo con nombre propio. ¿Cómo te llamas, cariño?
II
Mi mejor amigo está completamente enamorado de un hombre. Él dice que siempre lo supo. Desde que sintió cierta atracción por alguien, siempre fue por uno igualito a él. Es decir, con las mismas características: pelo corto, contextura delgada, ojos profundos, pecho velludo, piel broceada, un enorme pedazo de carne entre las piernas, y si tenía todo eso, ya no era necesario pensar en cómo debían ser las piernas. Él decía: “los dos estamos bien proporcionados”, y yo no podía imaginar a mi querido amigo con una erección colosal ni haciendo esos clásicos sonidos de mandril que tanto me gustan. Demasiado pene para un chico tan delicado. O terminaba estampado contra la pared o terminaba estampado contra cualquier otra cosa, pero yo no lo imaginaba arremetiendo sus partecitas contra alguien, definitivamente no. Aunque él decía que era el activo, sus ¡hay!, sus ¡oh! y sus ¿ya?, lo colocaban entre “las chicas de universidad”, una suerte de maniquíes con vida, bien arregladas y muy fáciles. Pero mi amigo no era nada fácil. Él pretendía ser el homosexual más fiel que haya pisado la tierra, porque estaba realmente enamorado y porque, en el fondo, era un buen chico. Un chico relativamente bueno, en todo caso. Un día esperó al niño más hermoso de la universidad y le entregó un regalo mío. Hizo semejante estupidez porque yo se lo pedí –en un lapso de insensatez, por supuesto-. Una tarde lo llamé a un lado y le conté que las clases ya terminaban y yo no había tenido oportunidad de conocer al blanquito, alto y delicioso muchachito de caminar exótico que se paseaba por toda la universidad cada día, perseguido por una exuberante cabellera negra. El pobre hombre era uno más en un millón, pero yo prefería pensar que era el indicado, el ideal, el más rico de todos por lo menos. Así que mi amigo le entregó el regalo: una caja de zapatos envuelta con cinta de embalaje que contenía un disco de Cielo, un muñeco muy amado llamado Eduardo que yo misma confeccioné y una nota impresa que decía “no sé cómo te llamas, pero me gustas”, o algo así y mi correo electrónico. Yo me sentía muy imbécil de lo que acababa de hacer, pero ya era tarde. Las cosas habían seguido su rumbo y, como la mayoría de las veces, yo había quedado atropellada en medio del camino.
Al cabo de unos días acepté agregarme a la lista de un tal “Phaguein” que resultó llamarse Carlos, tocar en dos bandas de rock y haber casi muerto de amor por una ex enamorada que le rompió el corazón hace ya más de un año. “Ella fue su única enamorada”, me dijo un amigo suyo que conocí en el messiger. “Pero este es su año. Yo le he dicho que si este año no consigue enamorada mejor que no me hable, no vaya a ser que se enamore de mí”. Así fue como me enteré un poco más dela vida de Carlos o Chimbombel, o Rukel, o Cabrel, o Putel, o Rosketel, o como a la imaginación se le antoje. El papazote que parecía ser.
III
A veces me paso horas -¡qué digo horas!-, días pensando en cómo conseguir mis objetivos. Es entonces cuando ocurren las cosas y el niño más lindo de la universidad pasa por tu lado mientras te retuerces de deseo, sudas de emoción y te aletargas de pura estupidez contemplando su forma de caminar. De repente te mira, se acerca, te habla, pide tu cigarro para prender el suyo; y, mientras se queman esas delgadas hojas de tabaco, van cayendo tus cenizas al piso hasta que no eres más que un cerrito de polvo que se lleva el viento. Él te dice gracias y tú lo miras con cara de nunca olvidaré este momento. Entonces el chico sigue su camino y al final del patio toma la mano de la mujer más golfa que puedas imaginar: su enamorada. Ambos, muy acaramelados o muy babosos, se miran a los ojos con cara de perrito san bernardo y profesan su amor a vista y paciencia de los aguantados que no dejan de mirar el culo de la huevona. En ese momento tu mejor amigo, que es un homosexual más solicitado que tú, te pide prestados los únicos dos soles que tienes en el bolsillo; y, como te ha hecho tantos favores y estás tan perturbada por la patética escena que acabas de presenciar, se los das quedándote con una china para el pasaje y un largo camino hasta la Javier Prado, donde algún cobrador mañoso accederá a llevarte gratis por una palmada en la nalga más expuesta, y te dejará dos cuadras más allá del paradero –lo que demore en cobrarse- con la china en el bolsillo para poder, al menos, comprar un par de montanas light y llegar con una sonrisa a casa. “Hola, mami”.

La Herradura 1/2

Qué bonita la espumita, cómo brilla hasta en fondo del mar. Hay unas lucecitas blancas encima del agua, justo debajo del sol; mientras más cerca están de él, más son y están más juntitas, casi como una mancha.
-Papá, papá; quiero ir al mar.
Pero él no me escucha, no me hace caso.
Tengo la piel pegajosa. No sé qué cosa es esto, esta crema blanca que me molesta; quiero quitármela.
-Renato, no dejes que te ponga eso, se siente feo, parece que te hubiera caído caramelo en el cuerpo.
-¿Sí? Papá ¿eso es de caramelo?, ¿me lo puedo comer?
-¡Renato! No te lamas –dice papi -te va a hacer daño. Quédate quieto. Esto te protege del sol, es para que no te arda la piel como el domingo pasado, ¿te acuerdas?
Renato entrecierra los ojitos y me mira molesto porque se ha dado cuenta del engaño.
Me paro de un salto y me siento al costado de Oliver, mi hermano mayor.
-Oli, ¿vamos al agua?
-No, no quiero que se me quite el bloqueador, además, acabo de secarme y quiero comer.
-Vamos, estoy aburrida, por favor.
-Has estado toda la mañana en el mar, ¿no te cansas?
-No. Si no me acompañas, me voy sola.
-¡Papá! Lisy dice que se va a ir sola al mar. Anda pues, que te revuelque la ola.
¿Que me qué? Le saco la lengua y me paro. Empiezo a jalar la ropa de baño de mi papi.
-Espera, me la vas a quitar –dice él todo amores.
-Papi, quiero ir al agua, tengo calor.
-Ya mi amor, pero ahorita vamos a comer. ¿No tienes hambre?
-Quiero helado.
-Helado te compro después de que comas.
Saca del maletín floreado –de verano, dice mi mamita- un tapper con panes.
-¿De qué quieres? –me pregunta -hay de atún, de palta y de pollo.
Me acerco y abro los panes, uno por uno, para ver cual me provoca. Qué rico, el de pollo tiene pedacitos de pellejo y está mezclado con mayonesa. El de palta tiene más de dos dedos de relleno y el de atún tiene cebollita en cuadraditos. Hago un esfuerzo enorme para decidir:
-Quiero uno de pollo con pellejo, por favor.
Como dos, uno detrás del otro y en menos de cinco minutos he llenado mi barriguita. Oliver come despacio, con cara de fastidio; creo que le molesta el sol porque hace rato que está debajo de la sombrilla y no quiere moverse de allí. Renatito, en cambio, ya se ha comido más de tres panes con palta y ahora mismo está pidiendo uno con atún. Renatito, si no lo paran, es capaz de comerse el maletín, las toallas y la sombrilla con Oliver y todo. Yo no quiero comer mucho porque me quiero meter al mar. Pero hay un perro corriendo en la orilla. Su dueño le tira una pelota hacia el fondo del agua y él tiene que recogerla. Si no fuera por él, ya me habría metido hace rato. Qué perro tan pesado, aunque es bonito; seguro que me muerde, seguro que me acerco y me muerde. Como la Negra, que me mordió el brazo hace dos meses y aun sueño que me persigue para comerme. Qué feo, perro malo. Mi papá está guardando las cosas de la comida, sacudiendo todo; es muy ordenado.
-¡Papá! me voy al mar.
-Espera, yo voy contigo –dice, pero está distraído guardando las cosas.
-No, papá, hace rato dices eso. Tengo calor. -Creo que no me escuchó.
Yo puedo ir sola. Sólo tengo que alejarme del perro. Cuando se valla la ola dejaré mis huellas en la arena, luego sólo tengo que seguirlas para volver a la playa. La ola se aleja y corro en diagonal para evitar al perro.
¡Qué rico! El agua me refresca. Me tiro contra las olitas que revientan en la orilla. Me saco ese caramelo horrible del cuerpo. El mar es lo más rico del mundo, pero no esas olas del fondo, ésas dan miedo; estas olitas están bien: miniolitas.
-¡Niña! -grita un hombre a tres metros de mí.
-¿Yo? -le respondo señalando mi pecho.
-Sí, niña –me dice acercándose-, no entres tanto, este mar arrastra y después no sales. ¿Dónde están tus papás, con quién has venido?
Me quedé mirando al hombre con los ojos muy abiertos, sin pronunciar palabra. Tenía una enorme barriga con pelos blancos y negros, un chorcito azul desteñido y una cabeza grande y calva como un foco volteado. ¡Ja! Cabeza de foco. Pero me dieron miedo sus dientes: chuecos, chiquitos y puntiagudos, con venitas marrones ¡guaj! Volteé para buscar mis huellas, pero no vi más que agua y espuma, y de mis huellas nada, habían desaparecido. Corrí hacia la arena, miré alrededor en busca de mis hermanos, de la sombrilla color verde limón, de mi... ¡¡Paaapaaá!! –grité-.
Estaba sola y me aterré. Mi corazón latía a mil por hora, casi podía escucharlo. Me cogí la cara y las lágrimas comenzaron a brotar como de una fuente; comencé a temblar. Pensé que sólo me quedaba recorrer la playa buscándolos. Esa idea me tranquilizó. Me sequé la cara y empecé a caminar.
Caminé cerca de dos días, que en realidad fueron quince minutos. Caminé hacia la derecha hasta llegar al muelle, luego giré sobre mis pies y me dispuse a caminar hasta el fondo, hasta la última casita, buscando a mi papi y a mis hermanitos.
Cuando había recorrido la mitad del camino pensé que nunca los encontraría, que llegaría la noche y el señor de la basura me recogería como hace con las cosas perdidas, y me llevaría a su casa hecha ruinas para encerrarme en un cuarto oscuro donde me crecería pelo en todo el cuerpo y me convertiría en la niña lobo. No quise seguir pensando. Había comenzado a temblar otra vez y ahora caminaba como sonámbula, sin guardar reparo en gritar, berrear y chillar: estaba haciendo todo un escándalo. Pero lo más curioso era que nadie se inmutaba, a nadie le interesaba ver una niñita de seis años llorando desgarradoramente. Continué mi camino y ya había empezado a hiper-ventilarme cuando una señorita se acercó y me preguntó si me había perdido. Yo me abracé de su pierna y lloré más fuerte que nunca; le dejé roja la pierna.
-¿Qué pasa?, ¿estás perdida? No te preocupes, vamos a encontrar a tu mami, ahorita la encontramos, ya no llores –me dijo con una sonrisita que sólo me exasperó más; a lo que respondí con un “guaaaaaaa”,un “hmmmmmm” y un “pprrrrr”.
-Vamos –continuó-, ¿cómo estaba vestida tu mamá?
-Apá –decía yo, limpiándome los mocos.
-¿Qué? ¿Tu papi?
-He venido con mi papá. ¡Apaaaaaá! –y volvía a llorar.
-Cálmate. Mira, vamos a comprar un helado.
-No quiero helado, quiero a mi papá.
-Ya, bebe, dime qué ropa tenía tu papá.
-Ropa de baño.
-¿De qué color?
-Era, era... marrón con rayitas blancas.
-¿Cómo es tu papito?, dime.
-Es alto, blanco, tiene una cicatriz en el pecho como un gusanito, tiene bastante bigote, tiene rayitas blancas en el pelo y...
Recorrimos la playa como tres veces sin hallar al hombrecillo aquel, pero me comí un helado enorme mientras la señorita me llevaba a la Posta Médica de la Herradura para esperar a que alguien valla a buscarme.
Estaba sudando, temblando y llorando, con mi vasito descartable lleno de agua en la mano cuando me hallé colgada del cuello de mi papá. Lloraba, pero esta vez de felicidad y alivio. Mi papito me llevó a casa inmediatamente. Lloré todo el camino.
Semanas después, mis hermanos, primos, tíos y hasta mis abuelitos me pedían que relate mi aventura en la playa. Lo hice mil veces: "Monstruos marinos alzaban sus colas gigantes mientras yo, perdida en la orilla, separaba las aguas y disparando proyectiles de mi dedos atómicos me alzaba en el cielo y desaparecía, aparecía y desaparecía...
–¡Lisy!, cuenta bien, pues.
–De verdad, aparecía y desaparecía.

Sonámbulo

gran
cabeza
inmensa
sonriza

inexperto
te sueño

te beso
te beso
niño
...delgado, ocupado, narciso,
cruel, abrazo, abrázame
corazón, comunícate
.blanco
delgado

delicado
.pedazo

hilo de
saliva
tu piel
y razón
y lengua...............arriba
dirigen..............arriba
abajo...........arriba
abajo.......arriba
abajo.....arriba
arriba arriba
....en todas
partes horas
rígido, cm
pierna
camina
.vete
calor
hiere
dolor
mátame
dolor
..

olor
amor

.ven
tras
mis
pies
siempre
siempre
sobre mi cuerpo a todas partes

SEXTO PISO

I

Y ¿a quién vamos a poner de testigo?
cuando me emborrache, falte a casa y reviente tu boca a patadas,
cuando los gritos me sean fatales y me estorbe tu cara de mierda,
tu gesto;
tu mano con uña arañe mi cuerpo
y mi ropa pintada quieras quitar.

Frente a tus ojos no quieres ver semejante mamarracho,
payaso, piraña
yo.
No quieres verme.



II

Camino como una persona lúcida,
con ropa de delincuente,
con cara de ir a misa,
con las manos pintadas y los dedos olorosos.

Paso entre los carros,
esquivo a la gente y al pisotón del gigante,
contagio el error a los monos de feria
la meningitis, la caspa.

Y me seguirán echando la culpa de todo
ya no habrá sido el enano verde,
el hombre transparente o el hongo gigante de la mano negra;
habré sido yo
y tendré que llenar mi sueño de pastillas,
recetear y perder los archivos,
malograr el aparato,
hacer como que se escucha y no escuchar nada.


Pedir Disculpas

Permíteme pedir disculpas
con estas palabras mientras tu ego sonríe
y entretanto, cortarte el cuello
con estas manos.
Pedir disculpas no es algo se sepa hacer bien usualmente.

En tu cerebro no hay filtros, lupas, ni memoria;
ideas expuestas que
de antemano
griten contigo en la claustrofobia de tu cabeza hueca,
y la ropa que aún te queda y vas descosiendo aquí y allá,
sobre tu cuerpo no cubre nada,
nada que no hallamos preferido ocultar.

Igual se ríen de ti
los hombres serios de las novelas,
de la novela de la calle,
con su forma terrible de mover las manos
y la terrible forma de poseerte.

Me cansaré de mirar y oírte
afirmar y confirmar
frotando sobre mi cara nombres y apellidos
tus paranoias y pesadillas
con ranas y culebras.

No me dejas mejor manera de hacer por fin que te calles,
no me dejas respirar en mi tumba aérea
en el sexto piso,
no me dejas hablar cuando te pido silencio
y con estas manos
empezar
por fin
a pedir disculpas.

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